Permaneciste largo tiempo
apoyado en el quicio, y pensaste quizá
que ya nada podría defraudarte,
y que el silencio, a veces tan poco hospitalario,
habría de ayudarte al fin,
e imaginaste incluso la luna, recortada y pálida,
tendiéndote su mano en las horas difíciles.
Algo había en aquellos cuatro muros
que te hizo de nuevo contemplarlos,
y al hilo de su rara soledad
reconociste como propios
la puerta, las molduras,
el encaje sutil de las cortinas,
la opacidad ausente de los muebles
en las paredes rojas,
y algo muy misterioso al cabo que te huía,
pero que daba forma y rostro amigo
a cuanto, horas atrás, desconocieras.
Supiste entonces
que la fuente de tu inquietud, de tu sorpresa,
no era sino un abrazo, el pulso de su piel
sobre el reflejo azul de la ventana,
el aspa dulce de otras manos
al ritmo de tus manos,
las cuatro esquinas de su cuerpo.
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17.10.09
12.9.09
blue hotel
Al hilo de la siesta las callejas se adensan
en un silencio impenetrable; es entonces
cuando, en este verano solícito, la luz
ensaya su apariencia más palpable
y gravita tenaz sobre el asfalto,
confirma las virtudes del sosiego.
Crecen en esta hora extrañas formas
de la belleza: el fardo demudado del aire,
la quietud de metal de las ramas, la terca
grisalla de estos muros que la hierba puntea.
Miro el conjunto con desgana
desde el abrigo fiel de nuestro cuarto
y me miro igualmente a su través:
apenas una sombra en el cristal,
un súbito estremecimiento,
este molino en la cabeza
que me recuerda el tiempo transcurrido.
Tendida entre las sábanas, casi desnuda,
te desperezas vacilante,
con gestos tan fingidos que tú misma sonríes.
Tomo conciencia entonces de mi cuerpo
y me aguija esta rara semejanza
con las cosas que ahora nos rodean:
así las calles o mi cuerpo, tanto da,
la gris materia inerte
a manos de la luz o en tus manos de luz,
lo que espera a vivir, y a vivir con violencia,
en el seguro pálpito que envuelve y enardece.
en un silencio impenetrable; es entonces
cuando, en este verano solícito, la luz
ensaya su apariencia más palpable
y gravita tenaz sobre el asfalto,
confirma las virtudes del sosiego.
Crecen en esta hora extrañas formas
de la belleza: el fardo demudado del aire,
la quietud de metal de las ramas, la terca
grisalla de estos muros que la hierba puntea.
Miro el conjunto con desgana
desde el abrigo fiel de nuestro cuarto
y me miro igualmente a su través:
apenas una sombra en el cristal,
un súbito estremecimiento,
este molino en la cabeza
que me recuerda el tiempo transcurrido.
Tendida entre las sábanas, casi desnuda,
te desperezas vacilante,
con gestos tan fingidos que tú misma sonríes.
Tomo conciencia entonces de mi cuerpo
y me aguija esta rara semejanza
con las cosas que ahora nos rodean:
así las calles o mi cuerpo, tanto da,
la gris materia inerte
a manos de la luz o en tus manos de luz,
lo que espera a vivir, y a vivir con violencia,
en el seguro pálpito que envuelve y enardece.
3.9.09
biografía
Van Gogh las luces de un prostíbulo olvidado
que a nada conducen sino a la muerte qué suspiro la muerte
él esparce trementina sobre las telas profanadas detrás una cuchilla
implacable surcó la oreja elegida por la locura París los tilos
en el parque abrazando un sol derramado a cada instante
de fatiga se te va la vista poco a poco de hecho
hace ya tiempo que te dejaron los amigos también
los francos hace daño pensar en un cielo así ahí arriba
o en el sol o en un campo de trigo fulminado por el sueño divino
qué maldición han debido de trazar mis dedos Señor y tú tú
apenas una sombra al otro lado del espejo se nos va el demonio
se nos va el demonio y la luz pero crece otra no sé dónde
hay en tus ojos brasas extinguidas fíjate
una pistola suena en el vacío del hotel y tensa en un arco
la muerte en un segundo el doctor palpó con invisible gesto
el pecho del paciente qué débil suspiro la muerte en el suelo
el cuerpo del pintor yace inerme
que a nada conducen sino a la muerte qué suspiro la muerte
él esparce trementina sobre las telas profanadas detrás una cuchilla
implacable surcó la oreja elegida por la locura París los tilos
en el parque abrazando un sol derramado a cada instante
de fatiga se te va la vista poco a poco de hecho
hace ya tiempo que te dejaron los amigos también
los francos hace daño pensar en un cielo así ahí arriba
o en el sol o en un campo de trigo fulminado por el sueño divino
qué maldición han debido de trazar mis dedos Señor y tú tú
apenas una sombra al otro lado del espejo se nos va el demonio
se nos va el demonio y la luz pero crece otra no sé dónde
hay en tus ojos brasas extinguidas fíjate
una pistola suena en el vacío del hotel y tensa en un arco
la muerte en un segundo el doctor palpó con invisible gesto
el pecho del paciente qué débil suspiro la muerte en el suelo
el cuerpo del pintor yace inerme
30.8.09
belfast, julio 1988
Hiere el sol
como un puñado de alfileres rotos:
la mañana es aquí, según vieja costumbre,
un fiel presentimiento de neblina
o una música ciega
que dice provenir del norte.
En algún sitio hay gente que oye misa
o entona dulces cantos de batalla
a un dios equivocado.
Entretanto, compruebo signos,
indicios tópicos y bien visibles
que hablan de una existencia sórdida:
tras los muros pintados
los escombros ocultan el hogar de otro tiempo:
los relojes del té, la cerámica ajada,
la gravedad del tiempo
en viejas fotos de marinos.
Es aquí, como de costumbre, el miedo,
la lengua en cal viva de la mañana,
este huraño sometimiento
que dibujan los lechos y las sílabas.
A su borrada luz,
me cuesta imaginar otro silencio
para la muerte.
como un puñado de alfileres rotos:
la mañana es aquí, según vieja costumbre,
un fiel presentimiento de neblina
o una música ciega
que dice provenir del norte.
En algún sitio hay gente que oye misa
o entona dulces cantos de batalla
a un dios equivocado.
Entretanto, compruebo signos,
indicios tópicos y bien visibles
que hablan de una existencia sórdida:
tras los muros pintados
los escombros ocultan el hogar de otro tiempo:
los relojes del té, la cerámica ajada,
la gravedad del tiempo
en viejas fotos de marinos.
Es aquí, como de costumbre, el miedo,
la lengua en cal viva de la mañana,
este huraño sometimiento
que dibujan los lechos y las sílabas.
A su borrada luz,
me cuesta imaginar otro silencio
para la muerte.
19.8.09
principio del páramo
Éstos son los dominios de la greda y la escarcha.
Más allá del cristal y los cabos de cera
el alba es la insistencia creciente de sus ruidos,
el paso regular con que el tiempo revive.
Tras salir de la casa, torpes, desdibujados
por el insomnio, andamos por callejas
que extienden su ceguera sobre un páramo
incómodo, desnudo de sí, y nos sobresalta
el cuchillo del frío, el ladrido candente
de algún perro que lucha con el amanecer.
Insatisfecho, el plomo ha amordazado el cielo
y una lluvia muy fina nos desgasta los ojos,
confunde nuestras ropas con la piel.
Otra vez el temblor, como la incertidumbre,
es un indicio en nuestros corazones,
un eco que revive viejas debilidades.
Andamos tercamente olvidados de todo.
De vez en cuando algún gesto amistoso,
alguna frase astuta nos recuerda
que la noche fue pródiga en sentencias,
en juicios caprichosos como la juventud
y proclamas que a nada comprometen.
Ahora, sin embargo,
tan próximo a la médula oscura de este mundo,
tan ajeno a los sueños y la bondad soñada,
doy en pensar, o intuyo acaso,
que demasiada urgencia, demasiada impotencia
nos llevan a este oficio para cuidar el mundo,
la cómplice atención de la mirada,
ese distanciamiento que exige toda página
para reconciliarnos con la vida.
Más allá del cristal y los cabos de cera
el alba es la insistencia creciente de sus ruidos,
el paso regular con que el tiempo revive.
Tras salir de la casa, torpes, desdibujados
por el insomnio, andamos por callejas
que extienden su ceguera sobre un páramo
incómodo, desnudo de sí, y nos sobresalta
el cuchillo del frío, el ladrido candente
de algún perro que lucha con el amanecer.
Insatisfecho, el plomo ha amordazado el cielo
y una lluvia muy fina nos desgasta los ojos,
confunde nuestras ropas con la piel.
Otra vez el temblor, como la incertidumbre,
es un indicio en nuestros corazones,
un eco que revive viejas debilidades.
Andamos tercamente olvidados de todo.
De vez en cuando algún gesto amistoso,
alguna frase astuta nos recuerda
que la noche fue pródiga en sentencias,
en juicios caprichosos como la juventud
y proclamas que a nada comprometen.
Ahora, sin embargo,
tan próximo a la médula oscura de este mundo,
tan ajeno a los sueños y la bondad soñada,
doy en pensar, o intuyo acaso,
que demasiada urgencia, demasiada impotencia
nos llevan a este oficio para cuidar el mundo,
la cómplice atención de la mirada,
ese distanciamiento que exige toda página
para reconciliarnos con la vida.
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